REBECAMe quedé de pie en medio de la sala, ignorando el maullido de Mandarino que pedía atención. Héctor me observaba, todavía con la rigidez del CEO que acaba de colgar una llamada importante, pero sus ojos grises empezaron a suavizarse al ver que yo no retrocedía.—¿Es ella la que va a estar a tu lado en todas las juntas? —pregunté, rompiendo el silencio—. Porque parece conocer tus horarios mejor que yo.Héctor soltó un suspiro, arrojó el control remoto sobre el sofá y caminó hacia mí. No se detuvo hasta que su pecho rozó el mío, la diferencia de altura siempre me hacía sentir vulnerable, pero esta noche, bajo la luz de Berlín, esa vulnerabilidad se transformaba en algo eléctrico.—Greta es solo una pieza del engranaje, En cambio tú... tú eres el motor —su voz bajó una octava, volviéndose esa vibración ronca que me deshacía los nervios—. Acepta el ensayo, quédate conmigo. Déjame demostrarte que este mundo no te va a absorber, sino que se va a rendir a tus pies porque estás conmigo.
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