REBECA
El portazo del Mercedes resonó en el estacionamiento silencioso. Me abracé a mí misma, sintiendo el vino frío pegándose a mi piel a través de la tela arruinada. Héctor arrancó el motor con una violencia que hizo chirriar las llantas. No me miró, tenía las manos apretadas al volante con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—¿No vas a decir nada? —solté, rompiendo el silencio que vibraba entre nosotros—. Greta me tiró el vino encima en la cara de todo el mundo y tú me sacaste de ah