REBECAEl amanecer en la residencia Zambrano fue un despliegue de opulencia que me revolvía el estómago. Logré convencer a mi padre de que el compromiso fuera aquí, en el jardín de la casa, para sentirme segura, pero ahora sentía que las paredes se cerraban sobre mí. Me levanté antes que Héctor, observando su perfil duro contra la almohada. Anoche, su rechazo en la cama me dolió más que cualquier desplante de mi padre.Me escabullí al baño, me lavé la cara y salí de la recámara en silencio, necesitando aire antes de que el ejército de maquillistas llegara. No había bajado ni tres escalones cuando Majo me interceptó, tomándome del brazo con una fuerza que me asustó.—A la biblioteca, ahora —susurró, con la cara pálida.Cerró la puerta de la biblioteca con llave y se pegó a ella, como si temiera que alguien estuviera escuchando tras la puerta. Tenía el celular apretado contra el pecho y las manos le temblaban.—¿Qué pasa, Majo? Me estás asustando —le dije, sentándome en uno de los sillo
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