39 EL SABOR DE LA DERROTA

REBECA

Me quedé estática en medio del pasillo, con la palma de la mano todavía ardiéndome por el impacto contra la mejilla de Héctor. El sonido del elevador cerrándose fue como el disparo de gracia para mi corazón. Héctor se había ido con la convicción de que yo era una mujer sin dignidad y Javier seguía ahí, en el suelo, contaminando mi aire con su sola presencia.

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