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Berlín me recibió con su habitual indiferencia, pero esta vez, el frío no estaba en las calles, sino instalado permanentemente en mi corazón. Volver a la oficina de la productora fue desolador. Caminaba por los pasillos ignorando las miradas curiosas de mis empleados y los susurros que cesaban en cuanto yo aparecía, había regresado más hermético y eficiente que nunca, refugiándome en hojas de cálculo, presupue







