El aire de la clínica a las cuatro de la mañana tenía un olor particular: una mezcla de ozono, desinfectante y ese silencio denso que solo existe donde la vida se abre paso. Aslan Burke caminaba por el pasillo de la planta privada con una urgencia que no lograba ocultar. Sus pasos, aunque firmes, buscaban con la mirada la figura de su hermano.Al fondo, junto a una de las suites, vio a Elias. Al reconocer a Aslan, el rostro de Elias se iluminó. Sin mediar palabra, Elias dio un paso al frente y rodeó a su hermano en un abrazo firme, un gesto cargado de alivio y una alegría desbordante que Aslan correspondió de inmediato, dándole un par de palmadas fuertes en la espalda.Aslan se separó un poco, manteniendo las manos en los hombros de su hermano, buscándole la mirada.—Lo lograste, Elias —susurró Aslan, con una sonrisa genuina que le suavizó las facciones—. Un varón. Un Burke.—Es... es una locura, Aslan —respondió Elias con la voz quebrada por la emoción y el cansancio—. Lo planeas tod
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