Capítulo 55. La Marioneta de Obsidiana
Las puertas de la Torre Burke escupieron a Amara hacia la acera con una violencia invisible. El aire de Londres, que esa mañana parecía simplemente fresco, ahora la golpeó en el rostro como un bloque de granito húmedo. No lograba respirar. El oxígeno parecía haberse vuelto sólido, una masa espesa que se negaba a entrar en sus pulmones mientras sus tacones golpeaban el pavimento con un ritmo frenético, errático.
Como arquitecta, Amara siempre había encontrado consuelo en la geometría. Para ella