El aire de la clínica a las cuatro de la mañana tenía un olor particular: una mezcla de ozono, desinfectante y ese silencio denso que solo existe donde la vida se abre paso. Aslan Burke caminaba por el pasillo de la planta privada con una urgencia que no lograba ocultar. Sus pasos, aunque firmes, buscaban con la mirada la figura de su hermano.
Al fondo, junto a una de las suites, vio a Elias. Al reconocer a Aslan, el rostro de Elias se iluminó. Sin mediar palabra, Elias dio un paso al frente y