Capítulo 56. El Testigo Calcinado

El chirrido de unos neumáticos sobre el pavimento húmedo sacó a Amara de su trance. El sedán oscuro de Marco se detuvo con una precisión que rozaba la urgencia. Él bajó del coche , con el rostro contraído por una preocupación que, en ese momento, a Amara le pareció el único anclaje real en un mundo que se evaporaba.

—¡Amara! —gritó él, saltando la pequeña valla que separaba la acera del parque.

Ella no se movió. Seguía allí, con el sobretodo de cuero negro brillando bajo la luz mortecina de Lon
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