Guardamos silencio, observando el cuerpo tembloroso de Vittoria hasta que los espasmos por fin se detuvieron. Con un movimiento profesional, la colocó de costado, causando que ella tomara una gran bocanada de aire, sus ojos cerrados, como si estuviera dormida. Cómo si casi no me causará un infarto. No pensé… que ella, quién siempre aparentaba estar bien y mantenía aquel humor jocoso, estuviera enferma. No fui capaz de decir nada. No mientras lo veía trabajar en silencio, con una familiaridad que indicaba que esto era más frecuente de lo que podía imaginarme. Un minuto después, la cargó entre sus brazos, levantándose. —¿A dónde vas? —pregunté, caminando con prisa detrás de él. —A que la revise el doctor. Tú te quedas —Y con su pie, empujó la puerta, cerrándola en todo mi rostro. Agrandé los ojos, golpeando la puerta con fuerza. Sabía que no estaba encerrada, que solo era una orden, pero igual me molestaba. Y era aún más molesto que estuviera dispuesta a obedecerlo. Esa joven
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