El día había iniciado perfecto. Tan perfecto por la posibilidad de conseguir un empleo en la floristería, pero todo se fue al caño en menos de veinticuatro horas. Ahora estaba con las manos atadas en la espalda, una cinta adhesiva en la boca, el rostro cubierto con una especie de bolso de tela y dentro de una furgoneta con tres maleantes. ¿Cómo había terminado aquí? Bueno, para explicárselos tengo que comenzar desde el principio. Exactamente, dieciocho horas antes de la tragedia. ••18 horas antes•• Me miré en el espejo de un baño público, retocándome el maquillaje lo mejor que podía ya que no era mi fuerte, acomodando el cabello rojizo y lo más importante: cerrando el abrigo con fuerza para ocultar mi vientre que cada vez era más notorio. —Todo saldrá bien, Evangeline —Me dije a mí misma, sin dejar de ver mi reflejo en el espejo—. Sonreirás, conseguirás el empleo y ocuparás tu mente en cosas más importante, olvidando a aquel hombre de hombros anchos, cuerpo cálido y acogedor,
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