—El señor Valladares llegará en breve. Por favor, espere un momento, señora Méndez.Zane hizo una seña para que alguien le trajera un vaso de agua antes de salir, dejando a Lucía sola en la imponente oficina. Su mirada se desvió hacia el gran sillón ejecutivo, ahora vacío. Recordaba cómo Fernando siempre se sentaba allí, manejando los hilos de Tegucigalpa con un control absoluto. Había pasado incontables horas frente a él como su abogada principal, pero jamás, ni una sola vez, había estado en esa oficina como su esposa.De pie allí, sintió que había tropezado con una vida diferente. Sus dedos rozaron el reposabrazos de la silla y casi pudo sentir esos ojos penetrantes y oscuros fijos en ella. Para el mundo, Fernando era un hombre de éxito y carisma, pero solo ella conocía lo frío y calculador que era en realidad.—He oído que el señor Valladares y la señorita Nadine se van a casar pronto —susurró una voz en su memoria, recordándole que su hermana estaba justo al lado, en la oficina co
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