El despertar de Ava fue una lucha contra una neblina espesa y amarga. Sus párpados pesaban como plomo, y el olor a desinfectante y metal de la clínica se le filtraba por la nariz, recordándole el encierro del sótano. Cuando finalmente logró abrir los ojos, la luz blanca del techo la cegó. Estaba débil, con la garganta seca y el cuerpo entumecido, pero la rabia, ese fuego que siempre la mantenía en pie, empezó a bombear de nuevo por sus venas.No esperó a que los médicos le dieran el alta. No esperó a que Beatriz entrara a fingir que la amaba. En cuanto los enfermeros se distrajeron, Ava se arrancó la vía del brazo con un quejido seco y se puso de pie, tambaleándose. Se puso sus botas desgastadas y caminó hacia la puerta, con la vista nublada pero el paso decidido.Al salir a la sala de espera privada, el aire se volvió gélido. Richard y Beatriz estaban hablando en un rincón con un doctor, pero ella no los miró. No les dio el placer de una mirada, de una queja o de un reproche. Era com
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