El campus de Yale se sentía como un mundo aparte, un refugio de piedra y hiedra donde los gritos de Richard Miller parecían no poder alcanzarla. Sin embargo, la tensión seguía allí, bajo la piel. Ava bajó de la camioneta de Max, sintiendo el aire fresco de la mañana. Él la tomó por la cintura, atrayéndola hacia sí con esa familiaridad ruda y honesta que tanto enfurecía a su familia.—¿Segura que estarás bien? —preguntó Max, con la mirada fija en el edificio principal—. Si ese tipo te vuelve a encerrar, juro que...—Estaré bien, Max —lo interrumpió Ava, rodeando su cuello con los brazos—. Ahora tengo el teléfono, tengo los audios. No pueden quitarme nada más.Para sellar su declaración de independencia, Ava se puso de puntillas y lo besó profundamente, a la vista de los estudiantes que caminaban hacia sus facultades. Quería que el mundo lo viera; quería que, si algún informante de Richard estaba cerca, le llevara la noticia de inmediato. Max le devolvió el beso con urgencia antes de de
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