El túnel de servicio del kilómetro 12 olía a salitre, humedad y cables quemados. La luz de emergencia, un parpadeo intermitente de color ámbar, bañaba el rostro de Elena, que permanecía de pie, inmóvil, sosteniendo el rifle con una naturalidad mecánica.Mateo se acercó a ella, cojeando, con la mano extendida. El dolor de su hombro era un recordatorio punzante de que casi muere hace diez minutos. —Elena... lo hemos logrado. Estamos a salvo.Ella giró la cabeza. El movimiento fue demasiado rápido, demasiado preciso. Sus ojos recorrieron a Mateo de arriba abajo, analizando su postura, su ritmo cardíaco visible en la carótida, la debilidad de su pierna.—Sujeto identificado —dijo ella. Su voz era un susurro metálico, carente de la calidez que solía envolver cada palabra dirigida a él—. Estado físico: comprometido. Probabilidad de supervivencia en fuga: 42%.Mateo se detuvo en seco, sintiendo un frío más intenso que el del túnel. —¿Sujeto? Elena, soy yo. Soy Mateo. Tu marido.Elena parpade
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