El túnel de servicio del kilómetro 12 olía a salitre, humedad y cables quemados. La luz de emergencia, un parpadeo intermitente de color ámbar, bañaba el rostro de Elena, que permanecía de pie, inmóvil, sosteniendo el rifle con una naturalidad mecánica.
Mateo se acercó a ella, cojeando, con la mano extendida. El dolor de su hombro era un recordatorio punzante de que casi muere hace diez minutos. —Elena... lo hemos logrado. Estamos a salvo.
Ella giró la cabeza. El movimiento fue demasiado rápido