El estruendo de las palas de los helicópteros sobre la autovía era ensordecedor. Los focos halógenos barrieron el asfalto, convirtiendo la noche en un día artificial y violento. Mateo y Dante estaban apostados tras el chasis volcado del blindado, intercambiando disparos con una unidad de asalto que descendía por cuerdas rápidas.
—¡Elena, termina esa carga! —rugió Mateo, recargando su pistola con manos temblorosas. Una bala le rozó el hombro, arrancándole un pedazo de tela y piel.
Elena no respo