El amanecer sobre Madrid no trajo la paz, sino el sonido de una ejecución pública, aunque sin guillotinas de metal. El Club Náutico Privado, un santuario de silencio y poder, se convirtió en el escenario del fin de una era.Don Alejandro Valeriano sostenía la pistola con una mano temblorosa, no por miedo, sino por una rabia senil que lo consumía. Su rostro, siempre una máscara de mármol, se estaba agrietando.—¿Crees que un simple programa informático puede borrar cincuenta años de dominio? —siseó Alejandro, el cañón del arma apuntando al corazón de su propio hijo—. He sobrevivido a crisis financieras, a guerras sindicales y a traidores más inteligentes que tú, Mateo.—No te enfrentas a mí, padre —respondió Mateo, manteniendo la calma a pesar del sudor frío que recorría su espalda—. Te enfrentas a la mujer que subestimaste porque solo veías en ella un envase para tus herederos.En ese momento, las pantallas de televisión de plasma que rodeaban el salón del club, que normalmente mostra
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