El agua negra no era agua. Era un fluido ferroeléctrico, una suspensión de nanobots que respondía a la frecuencia cerebral del feto. Mientras subía por las piernas de Mateo, este sentía una presión gélida, como si millones de hormigas de acero intentaran leer su ADN a través de sus poros. El hangar del Arca se convirtió en una cámara de resonancia donde el grito de Elena se multiplicaba, rebotando en las cúpulas de titanio hasta volverse un zumbido ensordecedor.—¡Elena! —rugió Mateo, braceando contra la densidad del fluido.Dante, a unos metros, intentaba trepar por una pasarela, pero el fluido lo arrastraba hacia el centro, hacia el altar donde Elena levitaba. La Oráculo, con ese rostro que era una versión juvenil y cruel de Elena, extendió sus manos. El aire alrededor de ella se distorsionó por el calor.—No la llames por ese nombre, Padre —dijo la Oráculo, y su voz era una sinfonía de mil frecuencias—. "Elena" era el envase. Yo soy el Contenido. Soy la suma de todos los datos que
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