El amanecer sobre Madrid no trajo la paz, sino el sonido de una ejecución pública, aunque sin guillotinas de metal. El Club Náutico Privado, un santuario de silencio y poder, se convirtió en el escenario del fin de una era.
Don Alejandro Valeriano sostenía la pistola con una mano temblorosa, no por miedo, sino por una rabia senil que lo consumía. Su rostro, siempre una máscara de mármol, se estaba agrietando.
—¿Crees que un simple programa informático puede borrar cincuenta años de dominio? —si