La mansión de los Valeriano en las afueras de Madrid, una propiedad que Elena siempre había sentido como una prisión de mármol, estaba iluminada con una frialdad hospitalaria. Don Alejandro Valeriano no recibía a la gente con abrazos, sino con una inspección ocular que hacía que incluso el aire se sintiera juzgado.
Mateo y Elena caminaron por el pasillo principal. Mateo apretaba el mango de su bastón con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Puedes quedarte en el coche si quieres —susur