La mañana en la mansión Mason amaneció fría y gris, como de costumbre en Londres. Karen se despertó sintiendo ese vacío en el estómago que ya conocía bien, pero esta vez, al abrir los ojos, no encontró a una enfermera con un batido verde. Encontró una pequeña nota sobre la mesa de noche, escrita con una caligrafía impecable y autoritaria: "Baja a la cocina. No es una orden, es una invitación. R.M."Karen bufó, arrugando el papel.—¡Mire este atrevido! "No es una orden", dice... ¡como si yo no supiera que hace lo que le da la gana! —murmuró en español mientras se ponía una bata de seda que River le había comprado y que ella odiaba por ser "demasiado fina".Bajó las escaleras arrastrando los pies, preparada para otra pelea sobre carbohidratos y proteínas. Pero al llegar a la planta baja, algo la detuvo en seco. El olor.No era el olor a desinfectante de la clínica, ni el aroma a té inglés de River. Era un olor cálido, tostado, dulce y profundamente familiar. Karen cerró los ojos por un s
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