El trayecto hacia la mansión Mason fue un silencio sepulcral, solo interrumpido por el ronroneo del motor del Rolls-Royce. Karen iba pegada a la ventana, viendo cómo los edificios de Londres se volvían más imponentes y lujosos a medida que se alejaban del centro. Se sentía como una prisionera de guerra siendo escoltada a su celda.
Cuando el auto se detuvo frente a una mansión de piedra gris y ventanales inmensos, Karen no se movió.
—Bájate —ordenó River, abriendo la puerta desde fuera.
—No me h