Karen miró el papel sobre el escritorio como si fuera una sentencia de muerte. Su orgullo, ese fuego venezolano que la había mantenido viva en las calles de Londres, gritaba que saliera corriendo, que no se vendiera.
—¡Usted está loco! —escupió ella con voz ronca, apartándose de River—. Mi vida no tiene precio, y mis hijos... mis hijos no son mercancía de su imperio. ¡Quédese con su dinero y su arrogancia!
River no se movió. Su mirada gris seguía cada movimiento de Karen con una intensidad depr