A las ocho en punto, una empleada tocó a la puerta de Karen para indicarle que la cena estaba servida. Karen se miró en el espejo del inmenso vestidor; se sentía como una extraña en ese cuerpo que ahora llevaba dos vidas y en esa casa que parecía un museo. Bajó las escaleras con cautela, encontrando a River ya sentado a la cabecera de una mesa de caoba tan larga que parecía eterna.
Frente al lugar de Karen, no había un plato normal. Había una selección de recipientes de plata con porciones medi