La paz del desayuno de arepas se evaporó en cuestión de minutos. River colgó el teléfono con un gesto sombrío, mientras Karen terminaba su café, ajena a la tormenta que se desataba fuera de los muros de la mansión.
—Karen, olvida el descanso de hoy —dijo River, levantándose y recuperando su armadura de frialdad—. Tenemos un problema.
—¿Y ahora qué le pasa, señor Mason? ¿Se le acabó el humor de chef tan rápido? —preguntó ella, limpiándose las manos con una servilleta.
—La prensa. Algún empleado