El trayecto hacia el puerto deportivo fue un borrón de luces distorsionadas por la tormenta. La lluvia golpeaba los cristales blindados del Mercedes con una furia implacable, pero el verdadero vendaval rugía en el interior de la cabina.Miré mis manos, apoyadas sobre mis muslos. Temblaban con una vibración fina y constante. Hasta hacía un par de horas, mi mayor pecado había sido mentirle a mi madre sobre una beca universitaria y venderme a un magnate para saldar unas facturas. Ahora, acababa de amenazar con descuartizar a tres niños inocentes.El abismo me devolvía la mirada, y lo peor de todo es que no sentía vértigo, sino una adrenalina espesa y embriagadora.La mano de Alejandro, grande, cálida y áspera por el uso de las armas, cubrió las mías. El contacto me provocó una descarga eléctrica que viajó directamente a la base de mi nuca. Entrelazó nuestros dedos con una firmeza posesiva y tiró de mí hasta que mi cuerpo quedó pegado a su costado.—No te atrevas a arrepentirte ahora, Lau
Leer más