La calma que siguió a nuestra confesión en el sofá de cuero fue tan embriagadora como engañosa. Durante dos días, viví en una burbuja de cristal suspendida sobre la ciudad, dividiendo mi tiempo entre mis clases de Economía —siempre bajo la sombra silenciosa de Marcos — y las noches enredada en las sábanas de Alejandro.
Me estaba acostumbrando a su olor a cedro, a la dureza de su pecho contra mi espalda al despertar y a la forma en que sus ojos oscuros me seguían por el ático como si yo fuera la