El estruendo del asalto de los Lozano resonaba en los niveles superiores de la base de Rota, un coro de ráfagas de AK-47 y gritos de guerra que marcaban el fin del orden de la Hermandad. Pero en el centro de mando, el tiempo se había espesado como el mercurio.Lucía permanecía de rodillas, sosteniendo la cabeza del joven Cero, cuyas cuencas oculares aún humeaban por la sobrecarga neuronal. A pocos metros, el hombre del traje de neopreno avanzaba por el muelle empapado. Su presencia era magnética, pesada, cargada de una violencia que no era mecánica, sino puramente animal.—¿Diego? —el nombre salió de los labios de Lucía como un susurro aterrado.El hombre se detuvo bajo la luz estroboscópica de las alarmas rojas. Su rostro era una cartografía de dolor: la mitad izquierda estaba cubierta por una máscara de tejido cicatrizado y quemaduras de tercer grado, recuerdo del colapso del Palacio de los Espejos. Su brazo derecho colgaba con una rigidez metálica, sugiriendo una prótesis de campo
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