En Montenaz, la noche era tranquila. Demasiado tranquila.Aynara no podía dormir. Uzziel descansaba en su cuna, con su pequeño puño apoyado en la mejilla, respirando suavemente. Pero ella, sentada en la mecedora junto a la ventana, miraba el bosque con una inquietud que no podía explicar.Los salvajes se movían entre los árboles, sus ojos negros brillando en la oscuridad. Pero incluso ellos parecían nerviosos, inquietos, como si olfatearan algo que Aynara no podía percibir.—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja, como si pudieran escucharla.Uno de ellos, el más grande, levantó la cabeza y la miró directamente. Sus ojos negros se fijaron en los de ella, y por un momento, Aynara sintió que algo se transmitía entre ellos.Peligro.Alguien se acercaba.Se levantó de la mecedora y caminó hacia la cuna. Tomó a Uzziel en brazos, apretándolo contra su pecho.—Tranquilo, mi amor —susurró—. No te va a pasar nada.El bebé se removió un poco, pero no despertó.La puerta se abrió.Yskara entró con pas
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