Las semanas siguientes fueron un torbellino de reuniones, viajes y decisiones. Bóreas estaba más ocupado que nunca, pero Aynara no se separaba de su lado. Iba con él a cada manada, a cada consejo, a cada negociación. Uzziel, ya más acostumbrado a las matronas, podía quedarse en la fortaleza sin llorar desconsoladamente, lo que les daba cierta libertad para moverse.Viajaron a territorios lejanos, algunos devastados por la guerra, otros apenas tocados por el conflicto. Se reunieron con los alfas que aún gobernaban, y también con los líderes temporales de las manadas cuyos alfas habían fallecido en manos de Varek.En cada lugar, Aynara escuchaba, aprendía, y ofrecía su apoyo. No como una reina distante, sino como alguien que había sufrido y entendía el dolor de los demás.Bóreas la observaba con orgullo, aunque la distancia entre ellos seguía siendo palpable. No habían vuelto a dormir juntos. No habían vuelto a ser los mismos. Pero estaban trabajando en ello.Varek, por su parte, seguía
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