Tal como Tarian lo había dicho, esa noche Uzziel estaba más que indignado.El pequeño heredero lloraba como si el mundo se acabara. Se removía en su cuna, pataleaba, agitaba sus diminutos puños en el aire con una furia que resultaba casi cómica si no fuera por la angustia que reflejaba su rostro. Tenía fiebre. Su frente ardía, sus mejillas estaban sonrosadas, y sus ojos dorados, normalmente tan brillantes, ahora estaban empañados por las lágrimas.Aynara estaba alarmada.Su hijo era fuerte. Sano. Nunca se enfermaba. Ni un cólico había tenido desde que nació. Verlo así, vulnerable, sufriendo, le partía el alma.—¿Qué le pasa? —preguntó a los médicos, que habían llegado corriendo.Los doctores Lycan revisaron al bebé con sus instrumentos ancestrales. Escucharon su corazón, palparon su vientre, revisaron sus signos vitales. Pero no encontraban nada. No había infección, no había obstrucción, no había nada físicamente malo.—No sabemos, majestad —admitió el médico jefe, con el rostro pálid
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