Mientras amaneció, Ilein estuvo en el suelo de su habitación, reviviendo una y otra vez lo de la noche anterior. Se mordió el labio sin poder controlarlo —un tic que le había salido de la angustia. Se levantó y caminó de un lado a otro, sintiendo cómo su cuerpo le temblaba cada vez que recordaba la mirada de Máximo: llena de lujuria desenfrenada, sus palabras sucias la habían hecho sentir disgustada, avergonzada, humillada. Sus ojos, apagados hasta ese momento, cambiaron de expresión cuando detalló el secuestro. Recordó el susto al verlo, cómo se le había ido el color al rostro al verlo acariciar su arma para amedrentarla. Máximo se había sentado en el sofá frente a ella, piernas cruzadas, como si le diera espacio para pensar. Jugueteó con los dedos, respiró profundo y luego habló —solo para insultarla. Estaba tranquilo, incluso tuvo la osadía de sonreír mientras la amenazaba con hacerle daño a su familia y se burlaba de que quisiera denunciarlo a la policía. Ya era tarde: él la h
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