El sol aún apenas rozaba los tejados de la casa de campo cuando Julliano irrumpió en la habitación de Ilein y Máximo, con los ojos brillantes de emoción y los pies descalzos sobre la alfombra. Vestía pantalones cortos y una camiseta de colores claros que Margarita le había preparado la noche anterior.—¡Ya es hora! ¡El abuelo Victorino dijo que los peces están más hambrientos temprano! —gritó el niño, saltando un poco sobre la cama mientras sus padres se despertaban entre sonrisas y bostezos—. ¿Ya están listos los anzuelos, tío Max?Ilein se sentó en la orilla de la cama, acariciando el pelo de Julliano con ternura: "Tranquilo, pequeño. Primero desayunemos bien, ¿vale? Tu abuela Joana está haciendo panqueques con miel y canela, como te gusta".Máximo se levantó despacio, aunque aún le quedaba sueño en los ojos, y fue a abrir la ventana – el aire fresco de la mañana traía consigo el aroma a café recién hecho y a hierbas del huerto. "Vamos, Julliano —dijo él, cogiendo las cañas de pesca
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