El humo de los cigarros cubría la estancia de madera oscura del sótano de un edificio entre calles estrechas del centro de Milán. Las paredes estaban revestidas de ladrillos expuestos y retratos enmarcados de antiguos jefes de la familia Conti, sus miradas severas vigilando cada movimiento de quienes ocupaban los sillones de cuero negro.
Alejandro Conti se apoyaba en el escritorio principal, sus dedos largos y finos jugando con un revólver desmontado mientras escuchaba el informe de sus hombres