Las luces de los coches iluminaron el camino de tierra que llevaba hasta la carretera principal. Ilein abrazó a Joana con fuerza, mientras Julliano estrechaba las manos de Victorino entre las suyas, su rostro pequeño pero serio.—Volveremos en dos semanas, abuela —dijo Julliano, con voz clara y firme—. Prometo que traeré mis nuevos dibujos para que los veas.Joana, la abuela de Julliano, le acarició la cabeza con ternura: "Mi amor, la finca siempre estará esperándote. Tu cuarto seguirá igual, con todos tus juguetes en su lugar".Victorino, el padre de Máximo, tomó la mano del niño: "Tú eres un Moretti de verdad, nieto. Nunca lo olvides, aunque por ahora tus documentos digan Bianchi. Pronto cambiarán, y llevarás el nombre que te corresponde". Julliano asintió con una sonrisa amplia.El convoy se dividió en dos grupos: el resto de la familia se dirigía directamente a la mansión Moretti, mientras Ilein, Máximo y Julliano tomaban el camino hacia el apartamento en el centro de Milán. El vi
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