El jet despegó de la pista de Gandía con un ligero temblor que hizo que Ilein agarrare con fuerza el brazo de Susy. Las contracciones venían ahora cada cinco minutos, intensas y punzantes, y el dolor ya no se podía contener con solo respirar hondo.—Ya estamos en el aire, querida —dijo el médico, un hombre de mediana edad con manos firmes y voz calmada—. Tenemos todo listo en la cabina trasera. Solo tienes que mantener la calma, respirar como te enseñamos.Mariana abrió una manta térmica y la colocó sobre las piernas de su hija, mientras José cerraba las cortinas de la cabina para crear un espacio más íntimo. Máximo, que había subido con ellos para asegurar que llegaran a salvo, se quedó de pie en la entrada, indeciso, sus ojos fijos en el vientre abultado de Ilein.—Ven —le dijo Susy, notando su tensión—. Ella necesita que estés aquí. No como el jefe de los Moretti... como el padre de su hijo.Máximo asintió lentamente y se acercó, colocándose a un lado de Ilein, sin atreverse a toca
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