El viaje en coche hasta la casa de campo de los Moretti resultó ser mucho más animado de lo que Ilein había esperado. Julliano se instaló en el asiento trasero, con la talla de madera del caballo bien asegurada en el regazo, y pasó la mayor parte del trayecto señalando cada cosa que veía por la ventana con sus deditos pequeños, los ojos brillantes de emoción.
—¡Mamá, mira! ¡Ese pueblo tiene torres como en las películas de princesas! —gritó el niño, presionando la nariz contra el cristal hasta q