LA ESCULTURA DE BRONCE

Ilein se maravilló con el edificio Moretti: una estructura imponente de cristal y acero en el corazón de Milán. Joana Zegna de Moretti y su hija Camila Isabella Moretti Zegna la recibieron y la llevaron a recorrer las instalaciones —pasillos amplios donde arte y moda se mezclaban en colores y texturas vibrantes. El aire vibraba con energía creativa: zumbido de máquinas de coser, risas, conversaciones y el olor a tela nueva y tintes frescos.

En el camino, se encontraron con Salvatore Vicenzo Moretti Zegna, de 25 años, rubio de ojos verdes, muy parecido a Camila. Él era el alma del restaurante «La Famiglia», y su sonrisa iluminaba el lugar. Al conocer a Ilein, le tendió una mano firme y cálida:

—Encantado de conocerte —dijo con voz cercana—. Estoy seguro de que eres eficiente. Mi madre no se fija en cualquiera, debe haber visto algo especial en ti.

Ilein sintió cómo se desvanecían sus nervios; respiró con calma y sonrió de forma natural. Mientras hablaba con él, pensó en por qué había aceptado el trabajo: no solo por el talento que Joana vio en ella, sino por escapar de la rutina de su barrio en Caracas, y hacer realidad el sueño de su abuela —quien la enseñó a tejer con algodón crudo desde los siete años.

Camila la sacó de sus pensamientos cuando dejaron a Salvatore y Joana conversando en un despacho. Mientras continuaban el recorrido, se toparon con Marcelo Moretti Zegna, de 27 años, rubio como su hermana gemela, con rostro serio y mirada calculadora. Él se encargaba de la administración de inmuebles y el atelier —su mundo era de números y control. Se acercó y le tendió la mano con formalidad:

—Encantado de conocerte, señorita Valentino —dijo con voz neutra, mientras la analizaba de arriba abajo—Si necesitas algo para el apartamento o trámites, estoy a tu disposición.

Ilein se enderezó, ajustó su jersey y respondió con voz clara y profesional. - Gracias lo tendre encuenta - Pensó en lo diferente que era todo de su casa: en Caracas, todos hablaban fuerte, se abrazaban sin previo aviso, y la formalidad era rara. Aquí, cada gesto y palabra tenía un significado oculto —un contraste que la hacía sentir extraña pero decidida a integrarse.

Más tarde, Camila le explicó sus responsabilidades en el taller: ayudaría en la colección de otoño-invierno, colaboraría en los bocetos y haría pruebas de tejidos. En ese momento, el teléfono de Camila vibró. Se disculpó con una sonrisa:

—Disculpa, debo contestar —es urgente—. Espera a madre aquí para terminar el recorrido.

—No hay problema, gracias por tu tiempo —respondió Ilein con educación.

Mientras Camila se alejaba, Ilein se detuvo frente a una escultura de bronce pulido de casi tres metros de alto. Las formas parecían cuerpos entrelazados: algunas buscaban la luz, otras se hundían en sombras. La superficie reflejaba el vestíbulo, pero tenía rasgaduras que parecían cicatrices. Las luces creaban sombras que hacían mover a la pieza, como si gritara en silencio.

Ilein sintió una premonición: la escultura era un espejo de la familia Moretti —bella por fuera, pero con secretos retorcidos. El aire olía a bronce y perfume caro. De repente, escuchó pasos firmes y lentos detrás suyo. Una sombra la cubrió, bloqueando la luz. Un escalofrío le recorrió la espina. Se giró y encontró la mirada de un hombre imponente, con cabello negro y frialdad glacial.

Él era Maximiliano Juliano Moretti Fendi, CEO del grupo y hijastro de Joana, de 33 años. Su belleza y aura oscura eran abrumadoras.

Recordó el rumor que escuchó en el aeropuerto: «Los Moretti? Son poderosos... demasiado poderosos para ser solo diseñadores». Su presencia lo confirmaba.

Ilein se congeló. Cuando respiró de nuevo, fue un jadeo corto. Su visión se centró en sus ojos azules penetrantes, que parecían ver hasta su alma. Sus manos se cerraron en puños hasta que le dolieron los dedos, y sus piernas temblaron tanto que tuvo que agarrarse a la escultura para no caer. El aroma a cuero, sándalo y especias que emanaba de él la mareó —era como respirar peligro. El silencio era denso, y la tensión se podía cortar con un cuchillo.

Máximo la observó como si fuera un insecto bajo un microscopio. Sus ojos recorrieron su jersey blanco, su cabello desaliñado y sus manos temblorosas. Ilein sintió que él veía todo de ella: su origen humilde, su sueño y su miedo.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —dijo con voz grave, como una advertencia—. ¿Qué haces en un lugar que no te pertenece?

La frase la golpeó en el estómago. Su mente se quedó en blanco, pero sintió un destello de determinación.

—Disculpe, solo admiraba la escultura... Espero a la señora Joana Moretti —respondió, pero su voz salió rota, delatando su miedo.

Máximo sonrió con frialdad, como un depredador:

—Joana ha vuelto a hacer de las suyas... Siempre trayendo pequeños ruidos a este lugar que debe estar en silencio —dijo con veneno, enfatizando «ruidos» como si ella fuera una perturbación—. Dio un paso más cerca, hasta que su aliento frío tocó su mejilla. Ilein sintió que le faltaba el aire, pero se mantuvo de pie.

Justo en ese momento, Joana apareció por un pasillo con una sonrisa enigmática:

—Disculpa la rudeza de Maximiliano, Ilein. Es complejo —tiene el peso de la familia sobre los hombros—, dijo con sinceridad—. Te asignaremos un apartamento en nuestro edificio. Espero que te guste.

Al ver la incomodidad de Ilein, continuó:

—Maximiliano no sabía que formarías parte del equipo. Y menos aún que estarías en el estudio que pertenece a la empresa.

Maximiliano tensó la mandíbula, y su voz salió llena de ira contenida:

—No lo sabía. Y menos aún que estaría en mi espacio.

Joana ignoró su hostilidad con una sonrisa forzada:

—Ilein se quedará en el estudio asignado, en el edificio de la familia. Ahora déjanos continuar el recorrido.

La incomodidad era palpable. Maximiliano asintió con frialdad y se alejó —sus pasos resonaban en el mármol como golpes de martillo.

Solo cuando desapareció, Ilein soltó el aire que llevaba retenido. Sus piernas le cedieron y se sentó en un banco cerca de la escultura, temblando. El sol se inclinaba hacia el oeste, pintando las ventanas de naranja y rosa —el mediodía había pasado sin darse cuenta. Joana se acercó con paso suave:

—Lo siento por su actitud. Creo que es mejor continuar mañana. Ahora te acompaño a tu nuevo hogar.

Mientras subían en el ascensor de cristal hasta el quinto piso, Ilein volvió a pensar en la escultura. Había visto al verdadero líder detrás de la empresa, y el rumor del aeropuerto parecía más creíble que nunca. El sueño tenía un matiz peligroso, pero también una nueva fuerza en su interior: no se iba a dejar amedrentar.

Esa tarde, cuando el sol se ponía, Ilein se instaló en su estudio tipo apartamento —decoración minimalista con vista panorámica de la ciudad. Las paredes blancas, los muebles de metal y cristal creaban un ambiente frío que la hizo extrañar su casa en Caracas: baldosas de colores, paredes azules con fotos familiares, y el ruido de vecinos que compartían comida y historias.

Mientras desempacaba sus pertenencias —incluyendo el tejedor de madera que le dio su abuela y un rollo de tela de manta criolla que trajo de Venezuela—, pensó en sus esperanzas: presentar una colección en la Semana de la Moda de Milán, que mezclara el calor del trópico con la elegancia italiana. El sueño seguía intacto, pero ahora tenía un propósito adicional:

No se iba a dejar vencer por el arrogante heredero que creía ser superior a todos.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP