El auto se detuvo frente a una cabaña de madera que parecía sacada de una postal.
Ana abrió los ojos, que había mantenido cerrados durante gran parte del viaje, agotada por el llanto y la tensión. Lo que vio la dejó sin aliento.
La cabaña era pequeña pero hermosa, con un porche de madera y ventanales que reflejaban la luz del atardecer. A unos metros, un lago de aguas cristalinas se extendía como un espejo, rodeado de árboles que comenzaban a vestirse de colores otoñales. Unos patos nadaban per