La noche había caído sobre la ciudad cuando llegaron al ático.
Ana estaba agotada. No solo físicamente, sino emocionalmente. El encuentro con Cristóbal en el almuerzo había drenado cada gota de energía que le quedaba. Apenas podía mantenerse en pie.
Nicolás la guió hasta el sofá con suavidad, como si fuera algo frágil y valioso.
—Siéntate —dijo—. Te traigo un té.
Ella obedeció, dejándose caer entre los cojines de seda. El ático era impresionante, con sus ventanales que ofrecían una vista panorá