La tarde caía sobre la oficina de Lucas cuando el teléfono volvió a sonar.
Había pasado horas desde su primera conversación con Maritza. Horas de dar vueltas, de pensar en alternativas, de buscar una manera de sortear las trabas legales que se interponían entre él y la verdad. No podía esperar meses. Nicolás no podía esperar meses.
Marcó el número internacional otra vez. Esta vez, lo hizo con una determinación fría, calculadora. Sabía lo que iba a hacer. Sabía que no era ético. Sabía que podía