Nicolás salió del hospital con el corazón en llamas.
No podía creer que Lucas le hubiera ocultado algo tan importante. Una reunión con Tanaka. El inversionista más poderoso del país. Y él no estaba allí. En su lugar, Cristóbal Gravenhorst, el hombre que según Lucas era un traidor, había manejado la presentación.
Manejó hasta la oficina con el ceño fruncido, las manos firmes en el volante, la mandíbula tensa. El viaje fue corto, pero se le hizo eterno. Cada semáforo en rojo era una provocación.