Lucas caminó hacia la puerta sin hacer más aspavientos. No era un hombre de grandes gestos. No tenía el poder de intimidar con su presencia. No era ni alto ni corpulento. Pero tenía algo que Cristóbal no podía comprar: la lealtad de Nicolás. Y eso, para él, lo era todo.
—Esto no va a quedar así —dijo, deteniéndose en el umbral.
—¿Qué no va a quedar así?
—Usted. Aquí. Haciendo el trabajo de Nicolás. Como si nada hubiera pasado. Como si no le hubiera robado el proyecto hace años.
—No le robé nada