Una semana después del rescate, Ana recibió el alta médica.Los médicos habían sido claros: estaba deshidratada, con bajo peso, los niveles de hierro por el suelo. Los días de encierro, sin comida, sin agua, sin poder alimentar a sus hijos, habían pasado factura. Pero los mellizos, gracias a Dios, estaban bien. Elena había recuperado su sonrisa, gateaba por la habitación del hospital como si nada hubiera pasado. Nicolás, más serio, observaba a su hermana con sus ojos grises, como si vigilara que nadie volviera a hacerles daño.—Están perfectos —dijo el pediatra, mientras revisaba a los niños—. Son unos campeones.—Gracias, doctor —respondió Ana, con una sonrisa débil.—Usted, en cambio, tiene que seguir cuidándose. Coma bien, descanse, no haga esfuerzos. Su cuerpo necesita recuperarse.—Lo haré.Isabel, que había estado a su lado todo el tiempo, la ayudó a levantarse de la cama.—Vamos, hija. Te llevamos a casa.—¿A la villa?—A la villa. Cristóbal ya preparó todo.Ana asintió. Tomó a
Leer más