Los días siguientes fueron un torbellino de acusaciones y revelaciones.Agustín no paraba de hablar. Cada mañana, un nuevo periódico publicaba una entrevista suya, cada tarde, un programa de televisión emitía una nueva declaración. Contaba historias que mezclaban verdad con mentiras, hechos con invenciones. Hablaba de las noches en los hoteles, de los hombres que pagaban por Ana, del dinero que ella le había robado. Lloraba, gesticulaba, señalaba con el dedo hacia la cámara.—Ella tiene todo —decía, con la voz quebrada—. Tiene una mansión, un esposo millonario, hijos con el apellido más poderoso del país. Y yo, su padre, estoy aquí, solo, herido, abandonado.Las redes sociales ardían. Los comentarios se dividían entre los que defendían a Ana y los que la atacaban. Pero los que la atacaban eran más ruidosos, más virales, más crueles."Es una prostituta, siempre lo fue", repetían."Cómo va a abandonar a su propio padre"."No se merece a los Gravenhorst".Ana no salía de la villa. Las cá
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