Pasaron los días. Y con los días, las heridas de Ana comenzaron a sanar.No fue un proceso fácil. Hubo noches en vela, preguntas sin respuestas, silencios incómodos. Hubo abrazos largos de Cristóbal, palabras de aliento de Lucía, llamadas de Nicolás preguntando cómo estaba. Pero poco a poco, Ana fue encontrando su equilibrio.Descubrió que la verdad, por más dolorosa que fuera, no cambiaba quién era. Era la misma mujer que había luchado por su madre enferma, la misma que había firmado un contrato con el hombre más frío del país, la misma que había dado a luz a dos mellizos hermosos. La sangre no la definía. La definían sus actos, su amor, su fortaleza.Los mellizos, mientras tanto, crecían a pasos agigantados. Elena gateaba a toda velocidad, metiéndose en todos los rincones, explorando el mundo con una curiosidad insaciable. Nicolás, más observador, la seguía con la mirada, como si ya supiera que su hermana siempre se metía en problemas. Ya no eran tan demandantes. Dormían mejor, comí
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