El restaurante estaba lleno de ruido y movimiento, el murmullo constante de conversaciones mezclado con el tintinear de cubiertos y el aroma de comida caliente que salía de la cocina. Era uno de esos lugares sencillos donde habíamos comido muchas veces antes, cuando la vida todavía era… normal. Laura había insistido en invitarnos a comer. —Nada elegante —había dicho por teléfono—. Solo comida, vino y chisme. Y por primera vez en varios días yo no había discutido. Necesitaba verlas. Cuando llegué, Sandra ya estaba sentada en la mesa, revisando su teléfono con unas gafas de sol enormes sobre la cabeza a pesar de que estábamos bajo techo. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado, su maquillaje impecable, como si cada salida fuera una sesión de fotos improvisada. Laura llegó unos minutos después, visiblemente más relajada que en el trabajo, con el cabello recogido en un moño descuidado y una sonrisa cansada. Cuando me senté frente a ellas, ambas me observaron con demasiada at
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