Llegué al restaurante del hotel diez minutos antes, no porque fuera especialmente puntual sino porque estaba aterrada. Mientras caminaba desde mi habitación había repasado la conversación en mi cabeza al menos treinta veces, y en cada versión el resultado era básicamente el mismo: él me despedía, aunque el estilo variaba. A veces era educado, casi corporativamente amable; en otras era brutalmente directo. Pero en todas terminaba exactamente igual: yo desempleada.Cuando lo vi sentado en una mesa cerca de la terraza, con el desayuno ya servido y esa expresión perfectamente tranquila que siempre llevaba en la oficina, supe que el juicio estaba a punto de comenzar. Respiré hondo, reuní el poco valor que me quedaba y caminé hacia la mesa.—Buenos días, señor.—Vega —respondió, señalando la silla frente a él—. Siéntese.Me senté con la espalda demasiado recta.Adrián tomó un sorbo de café antes de hablar.—Creo que debemos aclarar algunas cosas sobre lo ocurrido anoche.Aquí viene.—En mi
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