Adrián se acercó lentamente a la cama, quitándose la última pieza de su ropa con movimientos tranquilos, casi deliberados, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado. Yo seguía sentada sobre las sábanas, con el corazón golpeando con fuerza en mi pecho, consciente de cada segundo, de cada respiración. Cuando se inclinó sobre mí, su mirada buscó la mía con calma. No había prisa en sus ojos, solo una intensidad silenciosa que hacía que fuera imposible apartar la mirada. —Clara —murmuró suavemente. Su mano subió hasta mi mejilla y su pulgar recorrió mi piel con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos por un instante. —Si en algún momento quieres detenerte… —dijo en voz baja. Negué con la cabeza antes de que pudiera terminar la frase. —No. La palabra salió casi en un susurro. Sus labios volvieron a encontrar los míos, esta vez con más calma, con una lentitud que hacía que cada beso se sintiera más profundo que el anterior. Sus manos se movían con cuidado por mi esp
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