El comedor de mi casa se sentía como una celda de lujo. La cristalería brillaba bajo la lámpara de araña, y el olor a asado me resultaba nauseabundo. Mi padre, Artemises, presidía la mesa con una sonrisa de satisfacción, flanqueado por su mejor amigo y, para mi desgracia, por los dos hombres que habían convertido mi vida en un campo de batalla.Keelen estaba sentado frente a mí. Se veía impecable, pero sus ojos estaban hundidos, fijos en su plato. A su lado, Helena no dejaba de tocarle el brazo, luciendo ese anillo de compromiso que parecía una burla grabada en diamante. Y al extremo de la mesa, Draco, bebiendo vino como si fuera agua, con una mirada turbia dirigida constantemente hacia mí.—Es un placer tenerlos a todos aquí —dijo mi padre, alzando su copa—. Especialmente después de un viaje tan productivo. Y saber que las cosas vuelven a su cauce... Helena, querida, es un gusto verte de nuevo al lado de Keelen.—Gracias, Artemises —respondió ella con una voz melosa—. El tiempo nos h
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